miércoles, 26 de diciembre de 2012

Capítulo 30 - Sentimientos no descubiertos


Apenas cuando la puerta se cerró tras la salida de Dougie y Danny, noté como unos fríos dedos alargados me aferraban de la muñeca y me estiraban hasta una esquina de la barra. Mike me conducía hasta un lugar apartado de oídos curiosos, pero a cambio, no objetó nada cuando Micaela se acercó a nosotros, curiosa. La clara mirada de Mike me miraba pícara.
                -¿Y esa forma de mirarle?
                -¿De mirar a quién? –Exclamé anonadada.
                -Oh, por Dios chica, ¡a quien va a ser! –Dijo con una risita, y añadió bajando la voz: -A Danny. Me he fijado.
                -¿Mi forma de mirar a Danny? ¿Cómo se supone que le miro? –Balbuceé impresionada mientras mi garganta se secaba. Algo en mi interior se alteró de nuevo, y no entendí por qué.
                -Evitas su mirada cuando te mira, pero cuando la aparta de ti aprovechas para mirarle. Le miras como si cada palabra que dijese fuese un descubrimiento y a veces te quedas mirando tus manos cuando él ha dicho algo.
                -Y tu voz se vuelve más tranquila cuando parece que le hablas a él o está él delante –Añadió Micaela con una gran sonrisa, como si no se hubiese percatado de aquello antes -. Es cierto, Mike.
                Fruncí el ceño. En ningún momento me había parado a pensar en estos detalles, pero no podía negarlos. Algo había en Danny que provocaba que me ruborizase o simplemente que mis piernas temblasen, algo extraño de mí.  Medité sobre el asunto, azorada. Este comportamiento lo había tenido desde un principio, pero había que admitir que había incrementado a medida del tiempo. No entendía el por qué. Danny era para mí un chico como otro cualquiera, pero no podía negar que tal vez su olor, su voz o simplemente su mirada me alteraban silenciosamente. El descubrimiento de aquello me confundió al mismo tiempo que alteró. Un furibundo sentimiento se despertó en mí para mí. Odiaba reaccionar así ante una persona, de toda la vida.
                -No… no me había dado cuenta.
                -¿Te gusta? –Preguntó sin preámbulos Micaela mientras abría sus castaños ojos como platos.
                -No –Declaré segura -. Puede que tal vez tenga ese algo que algunos tienen, pero no me gusta. No soy fácil de colarme por alguien así de rápido.
                -Lo sé, pero no sé, tal vez el pecoso te llegase a gustar… -Se encogió de hombros -. En fin, mejor así. Él está con Georgia, y al fin y al cabo es normal que reacciones así ante un hombre. Suele pasar, a mí con más frecuencia, así que tranquila.
                Sonreí tenuemente, poniendo punto final a la conversación. Ambos amigos ignoraron el tema, embozándome otra sonrisa. Micaela se trasladó hasta una mesa que pedía la cuenta, mientras que Mike, con paso firme y peculiarmente seductor que él tenía, volvió a su mesa de apuntes. Me apoyé con un suspiro en el congelador de metal, y medité las palabras. Aquel nuevo descubrimiento de sentimientos que sabía perfectamente que habían estado ahí pero no los había sabido ver o no quería, había logrado captar toda mi atención. Danny, por palabras mías, era gracioso, único, alegre, y con gustos parecidos. Pero como prejuicio que no me había parado a pensar en ningún momento, debía añadir su aún desconocida inmadurez, tal vez su libertad de expresión y para anotación personal, miradas que atravesaban como dagas y que me alteraban.
                El chismorreo inaudible de reprimenda proveniente de la puerta de la cocina me sacó de mi pequeña burbuja. Evan me miraba con ojos degolladores, a lo único que le respondí fue una liviana sonrisa y rápidamente, me escabullí ordenando las pilas de platos.


                El coche de Micaela aparcó en el estrello espacio con casi deformando el auto. Dejé de aferrar con firmeza el posa manos cuando el motor se apagó, y lancé un suspiro aliviado. Ella carcajeó, pero seguidamente me miró con lástima.
                -No conduzco tan mal, Kay.
                -Podría mejorar, la verdad. El motor se te ha apagado unas cuantas veces en unos semáforos. Un momento muy embarazoso para mi sistema nervioso.
                -Son mis primeras semanas, es normal. Ya cogeré práctica, ¡además, ahora he aparcado bien! Ni un solo golpe, sí señor.
                Rodé los ojos mientras abría la puerta. La fuerte y gélida brisa me azoró la piel, obligándome a escabullirme en la bufanda de lana que me protegía con más firmeza de un resfriado. Corrí todo lo rápido que pude hasta la puerta, con cuidado, pues el asfalto de la calle aún estaba húmedo por la llovizna de la pasada noche. Aporreé el timbre todo cuanto pude,  y sin evitarlo, sonreí al oír los quejidos agudos del propietario de la casa.
                -¡Ya voy, ya estoy preparado! –Gritó Dougie abriendo la puerta de golpe. Me sonrió, como siempre, y sin evitarlo le saludé con una sonrisa más. En las últimas semanas, el carácter del rubio había mejorado notablemente, pero aún podía apreciarse fácilmente tristeza en sus sentimientos -. ¿Entras?
                -Oh no, no hay tiempo. Lara nos matará en cuanto lleguemos, si es que lo logramos con Micaela conduciendo –Dije, y lo aferré con firmeza de la muñeca para estirar de él. Seguidamente, él cerró de un portazo la puerta.
                En comparación con nosotras dos, aquella vez Dougie iba formalmente arreglado. Una camisa fina y con estampado de rallas finas y azules, perfectamente abrochada apenas le protegía del frío. La camiseta blanca interior se le escapaba disimuladamente por el cuello y su despampanante flequillo se veía aquella vez perfectamente peinado, dándole un aire de niño bueno más de lo habitual.
                Sin llegar a tiempo, Dougie me arrebató el sitio de copiloto en el coche. A regañadientes, me metí en los asientos de atrás a tiempo de que Micaela encendiera el motor de nuevo y sin esperar, saliera del aparcamiento de una sacudida. La rubia lanzó una exclamación cuando miró al rubio de arriba abajo.
                -¡Vaya, Dougie! Quien hubiera dicho que tenías tanto sentido de moda. Estás verdaderamente sexy, vaya –Soltó un requiebro ella mientras se lanzaba a reír.
                -Me ha ayudado mi hermana Jazzie. Dice que la exposición de arte de una chica es importante para ella, de modo que hay que ir arreglados. Ella me ha elegido prácticamente toda la ropa –Murmuró ruborizado.
                -Lara se alegrara de que un desconocido se tome su exposición con mas decoro –Dije sonriendo a escondidas -. Creo que si hubiera sido por nosotras, pareceríamos unas vagabundas apreciando algo desconocido.
                -¿Se llama Lara, no? –Preguntó Dougie, mirando a Mic pero volteándose para esperar mi respuesta -. La chica de los cuadros. Es para un parecer un impresentable… ¿le caeré bien?
                -Oh, desde luego. No lo dudo –Dije con total obviedad y sonriéndole pícara -. Más que bien, seguro. Tiene gustos parecidos a los tuyos.
                Unas patas de gallo y ojos achinados se formaron en el rostro del rubio al oír mi respuesta. Asintió, taciturno, y de nuevo su mirada volvía a la posición correcta.

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