jueves, 14 de febrero de 2013

Capítulo 46 - Y por orgullo...


                Tal vez no tuviera la suficiente fuerza de voluntad como para negarme a sus palabras, o para acompañarle a un parque desolado, pero aquella vez mi cuerpo reaccionó sólo… algo que no estoy segura de haber querido que ocurriera así.
                Sin necesitar de su ayuda, mi cuerpo se volteó cuando sus brazos me pararon. Con un revuelco peligroso del corazón, encontré sus ojos enfrente mía, su nariz rozando la mía y su aliento sobre mi piel. Noté como todo mi cuerpo se crispaba, alerta, incapaz de pensar con claridad, pero la herida que había causado aquella indiferencia tras el desliz veinticuatro horas atrás, aún estaba muy madura. De modo que mis movimientos reaccionaron solos.
                Con un fuerte empujón, apoyé mis manos en su pecho y me separé de él. Su manos intentaron aferrarme firmemente de la cintura, cosa que tras mucho esfuerzo  conseguí evitar. Noté como si la distancia se transformase en abismo, como algo de mí deseaba no haber actuado así. Pero por otra parte, noté como menguaban las posibilidades de la herida de mi interior se abriera más dolorosamente.
                -¿Qué haces?
                -Espera, Kay, por Dios –Me pidió alzando las manos para hacer ademán de pedir tiempo -. Deja que te aclare este tema mejor, por favor.
                En aquel momento, noté como sus manos volvían a rozar mi cintura. No sabía si aquello lo hacía para persuadirme a que me quedara, sin ningún tipo de otro pensamiento, pero no me hacía sentir seguro. De nuevo, tras un zarandeo, me separé de ellas y le miré con impertinencia.
                -Para hablar no hace falta esta proximidad –Dije con un tono severo y frívolo.
                Casi noté el dolor que pareció producirle aquella frivolidad. Su ceño se frunció, marcando unas arrugas confusas. Sus ojos intentaron leer los míos, pero permanecí adusta en todo momento. No tenía que ablandarme.
                -Quédate.
                No, joder, casi grité en mi mente. Ahogué un sollozo en la garganta y aparté rápidamente los ojos de él, alejándome un paso. No solo quería irme por el hecho de que aquello se estaba haciendo más cargante de lo que esperaba, sino que no quería perder el avión. Pero a cambio, me lo había vuelto a pedir de aquella forma tan peculiar de su talante.
                -Dan, tengo que llegar al aeropuerto, preparar las maletas y todo eso. No tengo tiempo.
                -Al menos déjame acompañarte.
                Noté como unas bolsas comenzaban a aparecer debajo de mi ojo. El escozor en los ojos y el pecho estrujándome me impidieron negarme sin pensar. Si seguíamos mucho más así, iba a romper a llorar. Llorar de impotencia.
                -No quiero que me acompañes.
                -¿Por qué?
                -Porque Georgia está aquí.
                No pensé las palabras, pero si tenía alguna idea de hacerle entender mi dolor por haber sido un picoteo de un gran manjar que era su novia, aquella había sido la respuesta idónea. Él no replicó. Sabía que no podía hacerlo, sabía que no había contradicción a aquello. Él prefería a Geo, ese tema estaba más claro que él agua, pero a cambio, seguía siendo a ratos persistente. Tanto que no llegaba a tener sentido.
                -Kay…
                -En fin, -Le interrumpí rompiendo el contacto visual cuando me avispé de la primera amenaza; mis ojos comenzaban a humedecerse -, nos vemos después de Navidades, ¿no? –Me alisé con cuidado el abrigo, lentamente, sin saber que decir -. Ya nos vemos, Danny.
                A pesar de saber que mis ojos iban a brillar y mis retinas cubiertas de lágrimas iban a ser apreciadas, levanté mi mirada una vez más hacía la suya, aún no lo suficiente lejos pero lo demasiado cerca. Sus ojos, profundo, herméticos y tal vez confusos por mis palabras o actitud, quién sabe, me atravesaron como cuchillos, pero tan pronto como comenzaron a afectarme más de lo debido, los separé de los míos y di media vuelta.
                Sabía que él estaba mirándome. Su mirada no podía pasar desapercibida para mí, estaba segura, de modo que por orgullo más que nada, no miré hacía atrás al irme.
                En aquel momento, una gota cayó del cielo. La fría lluvia comenzó a caer con presión, dándome permiso para llorar de una vez. Tras tantas gotas, mis lágrimas iban a poder ser liberadas sin miedo a ser descubiertas.

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Gracias a los lectores, de verdad, y siento que sea tan cortito y soso, pero no quería detallar ni adelantar mucho más aún. 

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