Empezar
el dos mil doce con un sol asomándose de entre unas blancas nubes subió
bastante la autoestima. El ajetreo de valencia, su gente, sus calles y su
carisma alejó gran parte del tiempo cualquier preocupación que me traje de
Londres. Dapphy había ocupado la mayoría de mis horas del día, mientras que mis
padres, quienes se habían impresionado tanto como alegrado al verme aparecer el
día de Navidad como si nada en casa, también había hecho que cualquier
preocupación desapareciese.
Entre
cuchicheos, salí de la tienda de obsequios con paso ligero. El barrio del
Carmen aquella mañana de sábado rebosaba de gente. Turistas de cualquier parte
del mundo, estudiantes que disfrutaban de su único día de libertad y familias
que salía a disfrutar de las últimas horas de la mañana. Sin nada más que
comentarios coherentes, buscamos un banco de entre los callejones, más tranquilos
y apartados del la muchedumbre y nos sentamos.
El mes
de Mayo había comenzado con buen pie. A penas tenía la menor preocupación en la
cabeza, y mis días cotidianos no resultaban muy diferente al anterior o al
próximo. Aún así, a pesar de que cada día fuera igual a todos los demás, el
aburrimiento aún no había llegado a mi puerta y no tenía pensado cambiar de
ámbitos.
-¿Entonces
te vienes o no?
-¿Qué?
¿Adónde? –Pregunté ambigua.
-Kay,
estás embobada. ¡A la fiesta de esta noche! Pau me dijo que trajera a quien
quisiera, así que obviamente quiero invitarte a ti –Una sonrisa inocente se
formó en sus labios -. ¿Qué me dices? Por favor, te lo pasarás bien. Habrá
chicos de toda clase, seguro que conoces a alguno.
-Oh-
Dije rodando los ojos mientras lanzaba una carcajada al aire -. Está bien, está
bien, mientras me entretenga un poco… -Dapphy ahogó un grito acompañado de un vítor
-. Pero no hasta muy tarde, eh.
-Qué
sí, descuida –Dijo quitándole importancia. Ella nunca tenía en cuenta el tiempo
en las fiestas.
No
tardamos en dirigirnos a casa. Dapphy vivía un par de calles más lejos, pero
aún así, siempre decidía tomar el camino por el que pasaba ella también por mi
casa, para si acompañarme. En menos de veinte minutos, mientras hablábamos de
amores y desamores del pasado, llegué a casa antes de lo que hubiera deseado.
Aquella
finca en la que vivía era provisional. Había decidido emanciparme temporalmente
de mis padres, de modo que cuando regresé de Londres, alquilé un pequeño piso
para una persona únicamente por el centro de la ciudad.
Acordé
la hora en que pasaría por mí casa, me despedí de mi amiga y comencé a caminar
hasta el ascensor. Vivía en un sexto piso y después de toda la caminata,
subirlos era lo menos que me apetecía.
Pero
la voz de Dapphy me detuvo.
-Kay,
tienes correo.
Fruncí
el ceño y me volteé para ver el buzón. Lo había registrado aquella mañana y no
había ninguna nueva carta. Anduve de nuevo hasta la posición de Dapphy, quien
permanecía allí, con las manos dentro de la sudadera y una sonrisa inocente.
-Facturas,
seguro –Carcajeé y comencé a abrir el buzón con tranquilidad.
Una
cartulina más grande de lo normal y que estrujaba dentro del pequeño buzón
residía dentro. La saqué con cuidado y miré confusa el dibujo que estaba
impreso.
Era
completamente negra, salvo por la parte superior, que se cubría de rosa
formando un pequeño paisaje de árboles, con las ramas entrelazándose y una
pareja besándose al medio. Fruncí el ceño, sin entender, y mis ojos bajaron un
poco más debajo de las figuras de la pareja, situándose sobre las letras G y T.
Giovanna y Tom, me grité en mi mente.
Abrí tanto como pude los ojos, mirando a Dapphy que había quitado su sonrisa
embozada mientras me fruncía el ceño. Unos sentimientos inefables me
confundieron completamente.
-¿Qué
es eso?
-La
invitación de boda de Tom y Giovanna –Dije casi sin creérmelo. Aquello significaba
que iba a volver a Londres, con todos.
Todos, volví a repetir silenciosamente
en mi mente, sin creerme la importancia de aquella palabra.
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