Cabe
añadir que jamás me hubiera esperado un discurso tan lleno de sentimientos,
elegancia y amor en la boda. Tom se ganó el corazón de todos los invitados con
su discurso, apartando aquel doce de mayo del olvido.
El
segundo pitido del claxon hizo que mi vena del cuello temblara, exasperada.
Casi noté la mirada cotilla de Micaela a través de la ventana del cuarto piso,
con su cortina corrida pero sus ojos bien atentos. Miré el moderno descapotable
que me esperaba subido a la acera, y al chico de cabello rubio y gafas Ray-ban
que me sonreía con dulzura.
Había
tenido que verme obligada a desplazar mi equipaje temporalmente a casa de
Micaela por hospedaje suyo, ya que mi antigua casa la había vuelto a desalojar
y ya se había vuelto a ver ocupada.
-Buenas
tardes, preciosa –Dijo Dylan saliendo de su coche y caminando hacía la puerta
del copiloto. Me paré, estupefacta y observándole con el ceño fruncido -.
¿Ocurre algo?
-No
me llames eso.
-¿Por
qué no?
Suspiré,
con una sonrisa forzada. Odiaba los requiebros que decían como si nada. No
tomaba las palabras de los demás en serio, y no quería ni hacerlo. Era
demasiado frívola en aquellos aspectos.
-No
lo sé, pero no hagas.
Una
carcajada pícara salió al exterior, y con un suave asentimiento y encogida de
hombros, me abrió la puerta. Me resigné a mi queja hacía su caballerosidad, y
con una sonrisa embozada por inercia, me dejé caer en los mullidos asientos.
-¿Nerviosa?
–Preguntó quitándose sus gafas. Sus ojos verdes brillaron cuando un rayo de sol
se filtró entre el encapotado cielo.
-Un
poco, pero no demasiado –Declaré poniéndome el cinturón de seguridad -. Creía
que lo estaría más.
-Bien.
Es un buen modo de empezar –Dijo sonriendo de lado, y sin decir nada más,
arrancó el motor.
Casi
temí que aquel manto de nubes negras hiciera de la suyas y comenzara a llover.
Dudaba que aquel esculpido coche reluciente y sin ningún rasguño ni mota de
suciedad tuviera siquiera un techo, y lo que menos deseaba era dar una primera
imagen completamente mojada.
En
menos de veinte minutos, el vehículo se detuvo enfrente de una gran empresa.
Gente, con maletines y paso ligero entraba y salía de la puerta giratoria, casi
sin detenerse a tomar un respiro.
Un guardacoches
corrió hacía nuestra posición cuando salimos del coche. Saludó con unas rápidas
palabras a Dylan, mientras me sonreía y éste le obsequiaba sus llaves.
-Vamos,
no te quedes atrás –Vociferó el rubio volviendo a sonreírme. Zarandeé la cabeza,
ensimismada en las acciones del guardacoches y corrí hasta el lado de Dylan -.
No te preocupes por él. Es Jerry; tengo plena confianza en él.
-Mejor.
Yo no me sentiría segura si tuviera que darle las llaves del coche a ningún
guardacoches-Admití encogiéndome de hombros -. Te pueden quitar monedas, o el
mechero, o cualquier objeto pequeño que tengas y ni siquiera lo sepas.
-No
te lo niego, pero por ahora lo tengo todo en el sitio –Me dio paso en las
puertas giratorias, mientras me seguía detrás de mí -. No eres alguien muy
confiada, ¿no?
-No –Declaré
firmemente, enorgulleciéndome -. La gente te puede fallar de mil maneras.
-Parece
ser que te han fallado muchas veces, ¿no?
Fruncí
el ceño, mirándole confusa. De nuevo me impresionó su impertinencia, pero algo
había en su voz que lograba embriagarme de confianza y seguridad. Suspiré,
pensativa en mis palabras.
-Sé
prevenir las cosas.
Dylan
sonrió de nuevo, pero esta vez sin mirarme. Siempre, a cada palabra que decía,
parecía encontrar el lado dulce, incluso a la contestación más fría. Siempre
tenía el lado colorido de las cosas a su favor.
-Eso
siempre está bien, pero a veces en bueno darle oportunidades a la gente.
Suspiré,
mohína. Estaba en lo cierto, pero siempre podía conllevar aquello al desengaño.
-¿Y
segundas oportunidades?
Un suspiro
difícil se escapó de sus labios. Le había pillado con esa pregunta, de modo que
antes de contestarme, sus ojos parecieron analizarme varios segundos.
-Sí,
en todo caso de que puedas soportar la posibilidad de un segundo desengaño.
No
dije nada más; no quería decir nada más. Me gustaba aquellas conversaciones en
suspense con él, sin llegar a sincerarse, sin llegar demasiado lejos.
Simplemente filosóficas, donde puedas detenerte a pensar.
La
tercera planta, donde se detuvo en ascensor donde nos subidos parecía ser la
más repleta de parsimonia. Solo un par de chicas bien vestidas de forma
intelectual parecían ojear una revista de cotilleos. Supe que aquellas eran mis
adversarias.
-No
te preocupes –Me susurró contra mi oído Dylan. Aquel roce de su aliento contra
mi oreja me provocó un escalofrío -. No las cogerán. Una tiene toda la pinta de
mosquita muerta con esas gafas, guantes largos y medías, y la otra se nota su
superficialidad a distancia; tiene el cabello demasiado tintado.
-¿Y
qué tiene que ver eso? –Pregunté,
incrédula de lo que decía.
-Jackson,
el jefe, quiere a gente natural y sencilla. Nada de tintes, ni ropa demasiado
hipster, ni nada. Sólo una personalidad natural. Y tú eso lo posees.
Intenté
creerme sus palabras. Tragué saliva, mientras la demora me impacientaba y el
suave ruido de las manecillas comenzaba a erizarme cada vello de los brazos.
Tic, tac, tic, tac, y todo parecía seguir igual. Yo la última, detrás de dos
chicas que parecían demasiado seguras de lo que venían.
Finalmente,
la puerta de madera chirrió y una chica bajita, de coleta alta y ropa un poco
andrajosa salió cabizbaja. Sobre el pico de la puerta se apoyó un hombre de
color, con gruesos labios y cabello encrespado y su mirada pareció analizar a
las otras dos chicas que habían alzado la mirada con una gran sonrisa embozada.
Él, sereno y frío las miró con algo de despecho, hasta que su mirada se fijó en
mí.
Noté
como su análisis me detectaba cada imperfección, y a pesar de la incomodidad,
no separé mi mirada de él. Apreté los labios, muriéndome en la espera por
dentro, hasta que finalmente sus ojos se fijaron en Dylan, impasible.
-¿Esta
es la chica de la que me has hablado?
-Sí,
Jackson –Dijo el rubio, posándome una mano entre los hombros. Quise rehuirle,
pero mis músculos decidieron no dar señales de vida.
-Está
bien, entra .
Noté
la indignación y despecho en la mirada de las otras dos. Sus ojos me odiaron a
distancia, pero intenté ignorarlas tanto como pude.
-Vosotras
podéis iros. Tú ponte ropa decente, y tú quítate ese potingue del cabello antes
de volver a presentaros por aquí –Señaló Jackson a las chicas, y con una mirada
adusta, desapareció por la puerta seguido de nosotros.
Notaba
como mis músculos me amenazaban con fallarme por los temblores. Había confiado
en Dylan, pero en ningún momento me había imaginado a un hombre tan estricto
como aquél. Mirada segura, analizadora y intacta de conmiseración parecían
captar cualquier imperfección tuya.
Se
sentó en la gran silla, detrás del escritorio y de espaldas al gran ventanal.
Esperé que sacara cualquier puro antes de hacer nada, pero sus manos se
cruzaron, impacientes. Me senté en uno de los dos sitios, acompañada por Dylan.
-Nombre
–Me ordenó Jackson.
-Kay
Faus –Dije con voz firme, pero cargada de miedo en el interior.
-Edad.
-Veintiún
años.
-Fuera.
No admito a gente tan joven –Sentenció firmemente, mientras hacía un ademán
impetuoso con la mano.
Noté
como se me paró el corazón. No había dicho ni dos frases, y ya me había
denegado. Noté como la cara se me cargaba de rabia, de indignación. Miré a
Dylan, incrédula mientras me miraba con los ojos bien abiertos. No sabía que
quería decirme, pero no me ayudaba.
-¿A
qué esperas? ¿Quieres una regaliz o algo? ¡Fuera!
-No –Dije
serena, adaptándome con más firmeza en el sitio. Los ojos negros de Jackson
parecieron impactarse ante mi respuesta -. No por tener esta edad debo de tener
menos condiciones para merecerme este puesto. Tal vez incluso pueda tener más
que cualquier otro que ya trabaje, o que su secretaria, ¡o qué usted! No por
levantarme la voz o tratarme de forma tan fría va conseguir librarse de mí. Eso
sí, puede que si salga por esa puerta se le presente alguien con demasiada
arrogancia, o una chica tan mimada que se pondrá a llorar a cualquier grito
suyo. Entonces, yo que hubiera soportado lo que ellas no soportarían, estaré
riéndome desde cualquier otro puesto de trabajo mejor merecido.
Sus
ojos, achinados y atentos a mis palabras, permanecieron impasibles,
manteniéndome el contacto visual. Aún furibunda tuve la suficiente fuerza de
voluntad como para seguir mirándole, colérica, hasta que una sonrisa se formó
en sus labios.
Lo
había conseguido.
-Es
suyo el puesto.
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