lunes, 14 de enero de 2013

Capítulo 37: Incómodo y desgarrador silencio


Ambigua, mantuve mi mirada constante hacía Tom quien analizaba la situación. Sus ojos ladeaban por cada miembro ya abrigado para salir. La noche había finalizado, el notición de Lara y Dougie nos había alegrado a todos y los había ruborizado como tomates a ellos, quienes se mantenía a un lado apartados, arrimados y abrazados suavemente.
                -Está bien, las distribuciones ya están hechas –Repusó Tom así mismo, asintiendo -. Harry, tu llevarás a Izzy, Doug y Lara, ¿está bien? Mike, tú encárgate de Micaela, James y Matt. Y Danny, tú puedes llevar a Charlie y Kay a casa.
                Una sonrisa y hoyuelo se formó en el rostro suave de Tom, y cabizbajo separó la mirada de nosotros. Arrimó su silla a la mesa, mientras los murmullos afloraron en el salón. Mi mirada se mantuvo fija en los ojos adustos que observaban a Tom, furibundo. No entendía aquella mirada, pero una parte mía se convenció de que era mejor no saber a qué venía.
                Me puse mi abrigo de nuevo y corrí para despedirme de Mic, quien parecía feliz por algún tema. Aplaudió suavemente, emocionada, pero sus labios no explicaron. Supe que la causa de su carácter debía de ser alguien que estaba allí, y de modo que tendría que esperar hasta mañana. Le deposité un beso en la mejilla, y guiñándole un ojo de forma pícara a Lara quien me observaba desde el cuello de Dougie, salí siguiendo a Charlie. Nuestro coche parecería el primero que partiría.
                Me subí al gran coche negro de Danny, el cual ya había estado el día de los cafés. Nada más me senté en el intermedio del coche, junto a Charlie, aspiré el aroma del auto. Aún olía a café, con una mezcla de la colonia de Danny. Sonreí inconsciente mientras cerraba con un golpe seco la puerta.
                -Primero tendré que dejar a Charlie y luego a Kay, si no me equivoco –Calculó Danny volteando su cuerpo para vernos a todos. La suave luz de la linterna, arriba en sus ojos había resaltar sutilmente cada peca y detalle de su rostro -. Lara ya me ha dicho donde vives, Kay. Pasamos por mí casa para dejarte a ti.
                -Entonces déjame de paso en casa, cariño –Pidió Georgia, dejándose caer sobre el asiento, suspirando -. Tengo la cabeza que me va a estallar. Me apetece descansar cuanto antes.
                Los labios de Danny se fruncieron y su mirada inescrutable me analizó una vez más, impasible. Sus ojos se apartaron de mí, y miraron de forma serena a Georgia, asintiendo suavemente como si meditara sus palabras.
                -Está bien…
                El coche arrancó el motor y volteé mi cabeza a tiempo de ver a Micaela salir riendo de la casa de Fletcher, seguida de James mientras ambos parecían reír al unísono. Un sentimiento de celos me recorrió; celos hacía esa repentina felicidad.
                No lo entendía. Había disfrutado de la noche, pero a cambio, en aquel momento encerrada en el lóbrego coche, en silencio y con el simple ruido del motor y la radio de pop-rock sonando, todo pareció volverse más mohíno. Charlie, a mi lado, iba cayendo en brazos de Morfeo, boquiabierto y con su cabeza deslizándose asiento abajo. Georgia, en el asiento de enfrente mía, tenía la cabeza tapada por sus manos y se mantenía también en silencio, con su ondulado cabello rubio brillante tapando su rostro. Y Danny, el único que parecía contener aún las fuerzas, tenía su mirada frívola clavada en la carretera, esbelto y callado, sin siquiera la pequeña sonrisa que siempre se le escapaba por la comisura de los labios.
                Mantuve m mirada en el retrovisor, observando sus ojos, esperando que encontrasen los míos. Quería que me mirase, que al menos diese señales de vida o me sonriese como siempre hacía, con tanta calidez que lograba hacerme desaparecer del mundo varios segundos. Eludí el pensamiento de que evitaba mi mirada, firme y constante. No podía pasar desapercibida, y era extraño que él no levantara la mirada ni medio segundos. Melancólica, suspiré. Ni aquel gesto fue suficiente para que me observarse, de modo que dejé caer mi cabeza sobre el oscuro cristal empapado de vaho.
                El coche se detuvo en una pequeña casa de dos pisos con un tapiz verde oscuro. Danny aparcó delante de la viviendo, y su voz sonó desgarrada por el silencio.
                -Charlie, despierta… ya hemos llegado.
                Un ronquido sorprendido despertó a Charlie. Zarandeó la cabeza, cerrando la boca babada de una vez y asintió con los ojos cansados. Dijo un simple gracias, y su figura salió del coche, alejándose tambaleante hasta la puerta mientras el coche volvía a tomar la marcha. De nuevo, el silencio, pero aquella vez la soledad e incomodidad caían aplomo sobre mí.
                El tiempo pareció multiplicarse por dos, pero finalmente llegamos a una larga calle donde la farola fallaba. El suelo estaba húmedo y reluciente por la antaña lluvia, y el frío parecía verse a través  empapado cristal.
                El cuerpo de Danny se levantó suavemente hasta la posición de Georgia. Por instinto, mis ojos saltaron de ellos al cristal, evitando que el rabillo de mis ojos me diera más imágenes de las que quería. Oí el suave beso de Danny hacía ella y unas palabras susurrantes con cariño que parecieron desgarrarme lo más profundo. Aguante un repentino gimoteo jamás aflorado antes, y callé hasta que Georgia pareció volver en sí.
                -Oh, lo siento. Me había dormido… ¿Ya estamos aquí? –Danny asintió. No había ninguna sonrisa en su cara -. Oh, gracias cariño. Te intentaré esperar, pero me muero de sueño. No tardes.
                -Descuida.
                La puerta del copiloto se abrió y vi como Georgia bajó. Se apartó el cabello de la cara y caminó con paso lo más ligero posible a la puerta mientras escarbaba en su bolso. A diferencia que con Charlie, Danny no arrancó el motor hasta que la puerta de su casa se hubo cerrado, un detalle que no pasó desapercibido para mí.
                Finalmente, el motor se arrancó, acompañado de un incómodo e incluso doloroso silencio. No tardaría mucho en llegar a casa, y entonces saldría de aquel infernal coche de Jones.
                Pero en aquellos minutos estábamos él y yo solos.



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