jueves, 31 de enero de 2013

Capítulo 42: Presión en el pecho


Me obligué a detenerme en un pequeño aparcamiento libre antes de llegar a la plaza. Cabizbaja, cogí el húmedo pañuelo que había mantenido apretado con presión en mi mano todo el tiempo i me sequé las últimas lágrimas que caían por mi suave mejilla.
                Había hecho promesa en vano de que no lloraría, a pesar de que noté que el mundo se me caía cuando Danny salió de mi casa. De camino a la plaza Tafalgar no había podido resistir más las pequeñas balsas que se iban acumulando y finalmente, mi promesa se había roto dejando un rastro de gotas en mis mejillas.
                -Joder –Suspiré mientras me miraba en el espejo del retrovisor. La fina ralla que me había hecho perezosamente se había esparcido por todo mi ojo, dándome un aspecto fúnebre -. Con discreción, Kay, con discreción.
                Nunca hablaba sola en voz alta. Tal vez mentalmente sí, pero aquella vez mi voz salía sola. Supongo que tenía que proporcionarme cualquier detalle para tener mi mente despejada, incluso el mero hecho de oír mi voz. Pero me sentía impotente.
                Antes de lo que hubiera deseado, estuve en la plaza Tafalgar Square. Aquella mañana el cielo estaba encapotado de nubes grises, con algún que otro rayo de sol que se filtraba por entre las nubes, y una densa niebla iba bajando hasta nosotros. Suspiré mohína mientras bajaba del coche afligida. Aquel tiempo no mejoraba mi estado de humor ni el gran vacío que sentía en mi pecho.
                Metí mis manos dentro de los bolsillos de la chaqueta medio abrochada y caminé con paso constante hasta la fuente. Aquel día no quería mezclarme con gente ni sentirme rodeada de ella. Necesitaba soledad, estaba deprimida.
                Resoplé cuando mis ojos recorrieron la gran fuente cristalina y no encontraron a Micaela. Había quedado con ella urgentemente. Como mejor amiga, le concernía saber lo que había ocurrido, además que necesitaba un abrazo de los suyos. En aquel momento, necesitaba de nuevo que aclarasen mis dudas por mí, ya que ni yo misma era capaz de encontrar respuesta.
                Y no solo era aquella impotencia de no saber que me ocurría, sino que el dolor pectoral no desaparecía, sino que el dolor incrementaba.
                -¡Kay, Kay! –Oí su dulce voz a mi espalda. Me giré lentamente, serena y frívola. Micaela corría en brincos hacía mí mientras me agitaba una mano -. Lo siento por tardar, había acompañado a Tom a por unos dulces en la demora.
                -No pasa nada. -Dije forzando una sonrisa.
                Su ceño se frunció tan rápido como sonreí. Cómo no, ella ya había notado mi compungido carácter. Frunció el ceño y los labios, callando por el momento mientras justo en aquel momento una figura apareció por detrás suya, media cabeza más alta.
                Tom me sonreía en señal de saludo, formando un pequeño hoyuelo. Sonreí sinceramente. Increíble que cosas tan pequeñas como esas pudiesen hacerte desconectar varios segundos.
                -Buenos días, Kay, me alegro de verte –Me sonrió mientras me depositaba un beso en la mejilla -. ¿Compras de última hora para esta noche?
                Fruncí el ceño, dolorida de nuevo. Sabía que él no lo había dicho a sabiendas, pero me había dolido y algo pareció tocar más fondo en mi corazón. Nochebuena, felicidad, parejas… las tres palabras se repitieron a increíble velocidad en mi cabeza. Reaccioné con demasiada tardanza; las caras de preocupación de Mic y Tom ya estaban analizando cada movimiento mío.
                -Que va. Tenía que pasarme por unos sitios y necesitaba de Micaela –Sonreí bajando la mirada.
                -¿Te encuentras bien? –La voz sosiega de Tom pareció preocuparse de verdad.
                Le miré. Sus ojos cafés estaban arrugados por su ceño fruncido. Podía contárselo y él intentaría ayudarme de la mejor forma posible, seguramente más de lo que debía. Así era de genial Tom Fletcher. Pero no, no quería divulgarlo a los cuatro vientos, ya que este tema debería de ser impasible para mí. Debería…
                -Ah, sí. No he tenido un buen despertar, solo.
                La faceta de Micaela se ablandó tranquilamente, mientras que Tom, por el contrario, pareció preocuparse más. Su ceño fue volviendo poco a poco a la posición correcta, mientras una cara de anonadado se formaba. Mierda. Tom no era imbécil, todo lo contrario. Podía suponer, y yo ya sabía que él debía de saber más de lo que yo creía. No me equivocaría al pensar que acertaba en su superstición.            
                -Será mejor que vayamos haciendo marcha –Dije de nuevo rompiendo el silencio como cristal que se había formado -. No tengo mucho tiempo.
                -¿Te vienes Tom? –Preguntó Micaela con una sonrisa.
                No, pensé. No quería apartar a Tom con desdeño ni airada, pero quería tener privacidad. Sabía que si yo le contaba lo que había ocurrido, lo haría Danny, y él me daría su apoyo. Lo quería, pero no en aquel momento, en aquella situación y con aquella gente  a nuestro alrededor. No ahora.
                -No, tengo que volver a casa. Gio tenía demasiado antojo de polvorones y no puedo tardar o dormiré con Marvin –Dijo con una sonrisa, mientras sus ojos me miraron con calidez, transmitiendo apoyo -. Nos vemos esta noche, chicas.
                Nos despedimos gentilmente mientras la figura de Tom comenzaba a mezclarse entre las centenas de gente que recorrían aquella nublosa mañana la plaza. Cuando se perdió de vista, me volví hacía Micaela de nuevo, adusta, y esta borró su sonrisa de su rostro. No quería tardar en decírselo más; necesitaba liberar aquel peso en el pecho.
                -Necesito que me acompañes a la farmacia. A por una píldora.
                -¿Cómo? –Exclamó en voz alta Micaela, sonriendo, pero pronto hizo desaparecer su sonrisa cuando mi aspecto gélido no desapareció -. ¿Qué ocurrió anoche, Kay?
                Intenté hablar, pero para mi sorpresa, mi garganta se quebró cuando lo intenté y  un gemido y lloriqueo salió de él. Los brazos de Micaela pronto me acorralaron, sorprendiéndome y abrazándome, pero no entendí  realmente a que venía aquello hasta que encontré mi rostro sumergido en su pecho. Entonces, como si me diera paso libre y sin evitarlo, comencé a llorar.
                -Danny… -Adivinó. El nombre de él hizo que de nuevo un peso cubriera mi liviano pecho ya -. ¿Qué paso anoche cuando te llevo a casa, Kay?
                -¿No te haces una idea? –Dije con gemidos sin querer mirarla.
                -Necesito detalles, lo sabes –Pidió feliz, pero un suspiro agobiado afloró -. Dios mío, te juro que le dije a Mike que pasaría esto, te lo juro. ¡Se venía venir a kilómetros!
                No lo entendí, pero no quise hablar de otro tema referido a él que no fuera mi explicación. Cuando liberé mi carga en mi pecho, me separé de ella mientras comenzábamos a caminar y empecé a contarle lo pasado anoche. Una Micaela boquiabierta iba apareciendo poco a poco, a cada paso.

1 comentarios:

Soka dijo...

es un poquet triste no. tenia q estar mes contenta esta intrigan y se dolor..... no sera algo mes. bs7

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